IV. El alegato a través de los siglos - vLex Colombia

IV. El alegato a través de los siglos

Páginas71-102
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INICIACIÓN A LA ABOGACÍA
IV
EL ALEGATO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS
«Imagines majorum󰜧»
Sea lo que sea, lo dicho por Brunetière, después de Voltaire, en una crítica
injustificada,11 3 el alegato tiene su ra ngo e n las artes liberales y en las cosas del
espíritu; los abogado s s iempre han vivido en las corrientes de las ideas, de las
pasiones y de los negocios de sus tiempos, cerca de los pensadores, de los artistas y
de los escritores; se han impregnado de los hálitos de la ciudad; con frecuencia han
tenido participación en la vida pública.
En todos los tiempos ha ha bido procesos relativos a los intereses superiores
de la nación, causas que, contra lo dicho por Fénelon en s u Carta a la Academia
francesa, «superan las rentas de un particular» y «sacuden el corazón de todo un
pueblo»; una parte de nuestra historia política s e ha desarrollado en las audiencias,
y aunque no todos los temas han sido de grandeza histórica, nos permiten al menos
comprender los antiguos usos, la s costumbres y las pasiones de una época y seguir
también en los documentos esc ritos que hemos conservado, las transformaciones
de la lengua a la que tanto han contribuido los abogados, dejando su huella aún en
la mediocre materia en la que tenían que trabajar.
Ningún pueblo se muestra siempre semejante a sí mismo; varía al paso de su
fortuna y de su gobierno; el orador observa sus costumbres y su carácter; por lo
mismo, no habla siempre idéntico lenguaje; el alegato cambia de tono y de acento
al través de los siglos.
Atenas
Al igual que hoy en día, el abogado de la a ntigua Grecia, daba consultas y
litigaba.
113 VOLTAIRE había escrito en su Diccionario filosófico: «La gran elocuencia no ha logrado en
Francia, llegar al Foro, porque no lleva a los hombres a los honores, como en Atenas y en
Roma, porque no ti ene por o bjeto altos intereses públicos».
BRUNETIÈRE, recogiendo estas ideas en un artículo publicado en la Revue des Deux Mondes, de
1.º de mayo de 1888, c on ocasión de un libro que MUNIER-JOLAIN acababa de publicar bajo el
título: Les époques de l󰜚éloquence judiciaire, había dicho que el alegato no merecía ser colocado
en la historia de las letras; la crítica histórica moderna ha condenado semejante opinión.
MUNIER-JOLAIN había fundado un curso en la Sorbona , cuyas lecciones en tres tomos publicó
con el título: La plaidoirie dans la langue française. Él es el primer autor que haya escrito la
historia del al egato; en la c itada obra hemos recogido elementos muy interesantes para
este capítulo.
72
JEAN MOLIÉRAC
Ciertamente, las audi encias no se p arecían a las de nuestros tribunales; el
tribunal de los «jueces heliastos»114 115 que abarcaba en cada una de sus diecisiete
secciones a quinientos jueces, bajo la presidencia de uno de los nueve arcontes; 155
era una verdadera asamblea popular en la que los jueces expresaban sus sentimien-
tos; el orador se dirigía al hombre, envuelto aún en sus sentidos; trataba, no tanto
de convencerle por medio de pruebas, cuanto de inflamar su imaginación y excitar
sus pasion es; su elocuencia estaba plena de acción y movimiento; las grandes cau-
sas, litigada s en Atenas y en Roma eran, como lo decía La Harpe, grandes escenas
representadas en el primer teatro del universo.
Era la elocuencia política, unida a la elocuencia judicial; la Barra se confundía
con l a tribuna.
Demóstenes, a pesar de ello, sabía resistirse al arrastre de una asamblea popu-
lar; su alegato no cedía ante los arrebatos de un auditorio frecuentemente apa siona-
do; era sencillo cuando procedía que lo fuera; alegaba con naturalidad, con un estilo
vivaz, rápido, apremiante, animado; tenía escasos dieciocho años cuando decidió
reclamar la herencia que sus tutores, por sucias maniobras, le habían quitado,116 y si
no muestra todavía las brillantes cualidades que más tarde harían de él, el príncipe
de los oradores, hallamos ya en sus discursos esa composición rigurosa, ese estilo
sobrio, esa nitidez en el análisis de los hechos, ese desprecio de los oropeles oratorios
que ca racterizan su genio:
«Afobos tiene todavía ahora en sus manos treinta minas más. Son el producto
del taller, que ha cobrado y que se ha apropiado a mis expensas con el mayor
descaro del mundo; mi padre me había dejado una renta de treinta minas, producto
de ese taller; cuando los tutores vendieron la mitad de los esclavos, la otra mitad
tenía forzosamente que rendir quince minas».
«No obstante, Terrípides, que duran te siete años tuvo a su cargo el segundo
lote de esclavos, no ha asentado en sus cuentas sino once minas anuales; resulta ndo
de este modo cua tro minas menos de las que debieran».
«Aún más, Afobos, que tuvo esa custodia en los dos primeros años, nada
consigna; dice a veces que el taller no ha funcionado, y a veces niega haberlo tenido
a su cargo. Es el vigilante Milyas, nuestro liberto, quien habría según él, tenido esa
administración y quien debería rendirme cuentas. Si Afobos persiste aún en soste-
ner su dicho, será fácil probar que miente».
«¿Se dirá acaso que no se ha trabajado en ese taller? Pero él mismo ha asenta-
do en sus cuentas las er ogaciones hechas, no para la alimentación de los hombres,
sino para la fabricación, el marfil destinado a trabajarse, los puños de espa da y los
abastecimientos de todo género. Esto permite suponer que los obreros trabajaban».
114 El primero de los tribunal es de Atenas, después del Areópago, que con ocía de las causas
de adulterio , rap to, c oncusión, y en l as ci viles de m ayor entidad. Compues to de 200
miembros, ll egó en ocasiones a contar 1500. (N. T.)
115 Eran los que mandaban. Los primeros magistrados de Atenas. (N. T.)
116 Demóstenes tenía siete años cuando murió su padre; este había confiado la gestión de sus
bienes a sus sobrinos Afobos y Demófono y a Terrípido, su amigo de la infancia; pero estos
tres tutores se habían apropiado la fortuna de su pupilo y no le habían entregado más que
30 minas (mo neda griega) y algunos bienes muebles por valo r de 40 minas, lo que apenas
representaba un décimo de la fortuna del padre de Demóstenes al morir; la mina valía 100
dracmas; o sea, el equivalente de 90 francos germinal.
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INICIACIÓN A LA ABOGACÍA
«Cuenta, además, los adelantos de salarios d e tres esclavos que pretende ha-
ber obtenido en préstamo de Terrípides para ocuparlos en mi fábrica».
«Por lo tanto, si no se trabajaba, no cabía n i que Terrípides percibiera esos
salarios, ni que yo viera que esos gastos quedaran a mi cargo. ¿Se dirá que se ha
trabajado , pe ro que n o se ha n v endido los objetos fabricados ? E staría entonces
obligado a probar que me ha entregado tales objetos y presentar testigos en cuya
presencia hubiere hecho esa entreg a».
«Pero no puede, ni rendir esa prueba ni hacer esa pr esentación, ¿cómo podría
no tener aún en sus ma nos el producto del ta ller en dos años, o sea, treinta minas
que yo recla mo, dado que es hasta ese punto evidente que el taller ha funcionado?»
Demóstenes, a veintitr és s iglos de d istancia, no está tan lejos de nosotros;
ganó su pleito, pero como era tan difícil en tonces como ahora cumplir las decisio-
nes de la justicia, no logró cobrar sino una parte mínima de lo que se le había
arrebatado.
Roma
En Roma, donde la elocuencia judicial alcanzó su apogeo bajo la República,
presa de la corrupción y de la violencia que causaron su ruina, los abogados tenían
los mayores clientes del mundo: reyes, provincias dolientes bajo las exacciones de
los gobernadores que venían a Roma en demanda de justicia, pueblos enteros...
¡Roma era en verdad el «Tribunal del Universo»!
Como los magistrados de todas clases, ya fuese en Roma o en las provincias,
no eran responsables de su conducta sino ante el pueblo, y la acusa ción era libre,
todos los ciudadanos podían somete r a los tribunal es cr iminales, que impartían
justicia en la plaza pública, todas las responsabilidades políticas o administrativas,
civiles o militares; los abogados litigaban al aire libre, ante los más bellos monu-
mentos de Roma, y ante todo el pueblo. «Frecuentemente se veía a una apr etada
muchedumbre agolparse desde la base de la tribuna hasta los confin es del Foro,
invadir aún los edificios, contiguos, ocupar sus gradas, y asistir al espectáculo desde
los techos; toda Roma estaba en la audiencia».117
Ante tal muchedumbre, el abogado tendía a convertirse en tribuno; no temía
apartarse de su causa para elevar su discurso hacia esas ideas generales que tan
fácilmente se apoderan de las multitudes; la elocuencia, ha dicho Cicerón, es un arte
popular;118 el abogado no persig ue sol amente ganar su causa, pretende también
conquistar los sufragios de sus oyentes.
Numerosos abogados honraron la tribuna romana, desde Catón, padre de la
elocuencia latina , que con sus virtudes ilust ró l a defi nición que dio del orador:
hombre de bien, hábil en el bien decir, hasta Hortensius y Cicerón, sin olvidar a
Craso y Antonio, Quintiliano y Plinio el Joven.
Cicerón viste su admirable talento con la elocuencia un tanto pomposa del
tribuno; el Foro, en el que conoció empero sus mayores éxitos, no fue nunca para él
sino un instrumento de política y de ambición; enriquece sus discursos con las flores
117 GEORGES DEVIN,L󰜚éloquence judiciai re à Rome, discurso pronunciado en la apertura d e la
Conferencia de los Abogados del Foro de París, 1875.
118 Tusculanes, II, I, 3.

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